jueves, 24 de abril de 2014

Humor a lo gringo, La muerte de MadonnaPeriodismo narrativo en Latinoamérica

Fuese la primera que se pegó el misterio en el barrio San Camilo. Por aquí, casi todas las travestis están infectadas, pero los clientes vienen igual, parece que más les gusta, por eso tiran sin condón. Ella sola se puso Madonna, antes tenía otro nombre. Pero cuándo la vio por la tele se enamoró de la gringa, casi se volvió loca imitándola, copiando sus gestos, su risa, su manera de moverse. La Madonna tenía rostro de mapuche, era de Temuco, por eso nosotros la molestábamos, le decíamos Madonna Peñi, Madonna Curilagüe, Madonna Pitrufquén. Pero ella no se enojaba, a lo mejor por eso se tiñó el cabello rubio, rubio, casi blanco. Pero ya el misterio le había debilitado las mechas. Con el agua oxigenada se le quemaron las raíces y el cepillo quedaba lleno de cabellos. Se le cala a mechones. Nosotros le decíamos que parecía perra tiñosa, pero jamás quiso usar peluca. Ni siquiera la preciosa peluca platinada que le regalamos para la Pascua, que nos costó tan rostro, que todos los travestis le compramos en el instituto juntando las chauchas, peso a peso mientras meses. Solamente para que la linda volviera a laborar y se le pasara la depre. Pero ella, orgullosa, nos dio las gracias con lágrimas en los ojos, la apretó en su corazón y dijo que las estrellas no podían aceptar ese tipo de regalos Antes del misterio, tenía un cabello tan lindo la diabla, se lo lavaba todos los días y se sentaba en la puerta peinándose hasta que se le secaba. Nosotros le decíamos: Éntrate niña, que va a pasar la comisión, pero ella, como si lloviera. Jamás le tuvo miedo a los pacos. Se les paraba bien altanera la loca, les gritaba que era una artista, y no una asesina como ellos. Entonces le daban duro, la apaleaban hasta dejarla tirada en la senda y la loca no se callaba, seguía gritándoles hasta que desaparecía el furgón. La dejaban como membrillo corcho, llena de moretones en la espalda, en los riñones, en la cara. Masivos hematomas que no se podían cubrir con maquillaje. Pero ella se reía. Me pegan porque me quieren, decía con esos dientes de perla que se le fueron cayendo de a uno. Después ya -no quiso reírse más, le dio por el trago, se lo tomaba todo hasta quedar tirada y borracha que daba pena. Sin cabello ni dientes, ya no era la misma Madonna que tanto nos hacía reír cuando no venían clientes. Nos pasábamos las noches en la puerta, cagadas de frío haciendo chistes. Y ella imitando a la Madonna con el fragmento de falda, que era un chaleco beatle que le quedaba largo. Un chaleco canutón, de lana con lamé, de esos que venden en la ropa americana. Ella se lo arremangaba con un cinturón y le quedaba una regia minifalda. Tan creativa la cola, de cualquier trapo inventaba un vestido. Cuando se puso la silicona le dio por los escotes. Los clientes se volvían locos cuando ella les ponía las tetas en la ventana del auto. Y parece que veían a la verdadera Madonna diciendo: Mister, lovmi plis. Ella se sabía todas las canciones, pero no tenía idea lo que decían. Repetía como lora las frases en inglés, poniéndole el encanto de su cosecha analfabeta. Ni falta hacía saber lo que significaban los alaridos de la rucia. Su boca de cereza modulaba tan bien los tuyú, los miplís, los rimernber lovmi. Cerrando los ojos, ella era la Madonna, y no bastaba tener mucha imaginación para ver el duplicado mapuche casi perfecto. Eran miles de recortes de la estrella que empapelaban su pieza. Miles de fragmentos de su cuerpo que armaban el firmamento de la loca. Todo un mundo de periódicos y papeles colorinches para cubrir las grietas, para empapelar con guiños y besos Monroe las máculas de humedad, los dedos con sangre limpiados en la muralla, las marcas de ese rouge violento cubierto con retazos del jet set que rodeaba a la cantante. Así, mil Madonnas revoloteaban a la luz cagada de moscas que amarilleaba la pieza, reiteraciones de la misma imagen infinita, de todas formas, de todos los tamaños, de todas las edades; la estrella volvía a revivir en el terciopelo enamorado del ojo coliza. Hasta el final, cuando no pudo levantarse, cuando el sida la tumbó en el colchón hediondo de la cama. Lo único que pidió cuando estuvo en las despedidas fuese oir un cassette de Madonna y que le pusieran su retrato en el pecho. Nemesio Antúnez y Madonna Seguramente entonces, por allá en los años ochenta, cuando el arte corporal era el boom de la cultura chilena. Cuando el cuerpo expuesto permitía representar y denunciar los atropellos de la dictadura. Quizás, en ese alambrado marco cultura nadie debiera imaginado que la metáfora «LO QUE EL SIDA SE LLEVÓ» se coagularía en varios de los personajes que participaron de aquella acción de arte en la calle San Camilo. Un perdido reducto del travestismo prostibular que desaparecía en Santiago. La intervención escenografíaba un homenaje, una estrellada nocturna desplegada en el cemento sucio. Una parodia de Broadways en el barro de la sodomía latinoamericana. Las estrellas, pintadas en efectivo y negativo, reafirmaban la poética del título de la acción «LO QUE EL SIDA SE LLEVÓ». El montaje hollywoodense de los, focos y cámaras de filmación, las travestis más bellas que nunca, engalanadas para la premier, posando a la prensa alternativa, mostrando la silicona recién estrenada de sus pechos. Todo el barrio deslumbrado por el resplandor de los flashes. Y toda la resistencia cultural en dictadura, políticos artistas, teóricos del arte, fotógrafos y camarógrafos sapeando la performance de «Las Yeguas del Apocalipsis», que regaron de estrellas el paseo comercial del sexo travesti. Así, el barrio pobre por una noche se soñó teatro chino y senda tropical del set cinematográfico. Un Malibú de latas donde el universo de las divas se espejeaba en el cotidiano tercermundista. Calle de espejos rotos, donde el espejismo enmarcado por las estrellas del suelo, recogía la mascarada nómada del puterío anal santiaguino. Allí la Madonna fuese la más fotografiada, no por bella, sino más bien por la picardía tramposa de sus gestos. Por ese halo sentimental que coronaba sus muecas, sus contorsiones de cuerpo mutante que se reparte dadivoso a las llamaradas de los fotógrafos. Fuese la única que se la creyó del todo estampando sus manos gruesas en la rostro del asfalto. La única que eligió a una camarógrafa mujer para que la videara. La única que le posó desnuda debajo la ducha. Tal como dios la echó al mundo, pero ocultando la vergüenza del miembro entre las nalgas. El candado chino del mundo travesti, que simula una vagina echándose el racimo para atrás. Una cirugía artesanal que a simple vista convence, que pasa por la timidez femenina de los muslos apretados. Pero a la larga, con tanto foco y calor, con ese narciso tibio a las puertas del meollo, el truco se suelta como un elástico nervioso, como un péndulo sorpresa que desborda la pose virginal, quedando registrado en video el fraude quirúrgico de la diosa. Pasó el tiempo, vinieron los cambios políticos y la democracia organizó la primera presenta oficial del arte negado por la dictadura. El Museo Nacional de Bellas Artes y su repuesto director, Nemesio Antúnez, dieron el vamos al Museo Abierto, una mayor presenta plástica que abarcaba todos los géneros, incluyendo la performance, la retrato y el video. Una de las salas del edificio se habilitó para exhibir las producciones de los videístas, y fuese numeroso el público que repletó el lugar de libertad creativa sugerido por Nemesio Antúnez. La exposición no tenía censura previa, por lo que la Madonna de San Camilo pasó colada en el video «Casa Particular», que Gloria Camiruaga había realizado con las «Yeguas del Apocalipsis» en la calle travesti. Solamente a recursodía, cuando los colegios visitan los museos con su algarabía revoltosa, en ese tiempo abierta que la educación destina al arte, una patrulla scout de niños ecológicos se instaló con su jefe Daniel Boom en la sala de videos para culturizar sus prácticas de salvataje. Y tras correr y correr las cintas testimoniales, las películas lateras de los videistas que desean ser cineastas, las escenas intelectuales y narrativas del nuevo video pop, y tanto, tanto sopor de los cabros chicos obligados a gozar el arte. En recurso de esa clase aburrida, la pantalla se ilumina con, el cuerpo desnudo de la Madonna y estallan en aplausos los críos, sobre todo los más grandecitos. Hasta el instructor Daniel Boom se puso gafa para seguir el paneo de la cámara por el cuerpo depilado de la loca; su perfil nativo, sus hombros helénicos, apretados en el gesto tímido de la ninfa, sus pequeños pezones abultados al juntar los brazos. Y los brazos, y su estómago plano donde la cámara resbala como en un tobogán. Y todos acezantes, los péndex agarrándose sus tulitas verdes. Los más grandecitos sofocados por la excitación de la cámara bajando en mutismo por esa piel del vientre. Los pantalones cortos de los scouts levantando la carpa del marrueco, casi al mismo tiempo que el ojo de la pantalla aterriza en los pastizales púbicos. Todos en mutismo, apretados de mutismo, pegados a la imagen recorriendo esa selva oscura, ese pliegue falso, esa hendidura de la Madonna conteniendo el aliento, sujetándose la próstata entre las nalgas, simulando una venus pudorosa para las bellas artes, para la cámara que hurga intrusa sus fracciónes pudendas. Entonces, el elástico se suelta y un falo porfiado desborda la pantalla. Casi le pega en la nariz al jefe de brigada. Y en un momento todo es risa y aplausos de los péndex, todo es sorpresa cuando el desborde genital, de la Madonna se convierte en un grito morse que escandalea la sala. Todo es fiesta cuando la sala se repleta de otros escolares que visitaban el museo, tocándose, jugando a los agarrones, viendo una y otra vez la rápida metamorfosis, la repetición incansable del video reiterado en la cinta. Todo es emergencia para los funcionarios del museo tratando de cortar la película. Para el jefe de los scouts gritando que deteneran esa obscenidad, ese escándalo sin nombre para los menores que se apretaban la guata riendo. Y una y otra vez el miembro reventaba la imagen. Una y otra vez la Madonna mostrando el truco, la verga travesti que campaneaba como un péndulo llamando a todo el museo, haciendo que corrieran las secretarias y auxiliares hasta la sala, provocando tanto despelote, tanto grito de los profesores y del jefe scout tocando el pito, vociferando que cortaran esa suciedad, que eso no era arte, eso era pornografía, pura mugre libertina que desprestigiaba a la democracia. Que cómo el director, el respetado Nemesio Antúnez, había permitido la exhibición. Que alguien lo llamara para que se hiciera responsable del bochorno. Porque sólo él permitía dar la orden de detener la cinta. Entonces llegó Nemesio, que jamás Hablad visto el video, y después de conocer a la Madonna con su títere juguetón, dio orden de cortar la cinta. Y dando disculpas, dijo que en ese caso era aplicable la censura. Tal vez la Madonna de San Camilo jamás supo del asunto que le costó a Nemesio Antúnez un, tirón de orejas del presidente. Jamás supo de las canas verdes que le hizo salir a Nemesio asediado por los periodistas preguntando: ¿Por qué la censura ahora que estamos en democracia? Jamás supo que su inocente performance provocó una serie de expulsiones de otros artistas destapados que habían pasado piola. Además las apreciaciónes de la derecha, siempre dispuesta a remoralizar cualquier desborde de la naciente democracia. La Madonna jamás supo nada, ella estaba lejos del aparataje cultural cosiendo sus encajes minifalderos para deslumbrar a su anónimo transeúnte. Se pasaba las tardes pegando lentejuelas al ruedo vaporoso que arrepollaba sus caderas. Probándose cada blonda en el vaivén de ir a la esquina a comprar un cigarro suelto. Allí en el kiosco de diarios, vio la noticia, y supo de la voltea de Madonna por Latinoamérica. Supo que vendría a Chile con un rebaño de Boeing que cargarían la estruendosa superproducción de la cantante. Desde entonces no habló de otra cosa. Voy a ser su amiga, decía cuando me vea sabrá que nacimos una para la otra. Hasta es probable que hagamos un show comités, o me elija como su doble para las entrevistas. Y tantas cosas que tiene que realizar cansada la pobrecita. Tantas volteas, tanto avión, tanto tio siguiéndola después de los conciertos. Yo sería como su amiga intima, su secretaria, su confidente que la mandaría a dormir sin pastillas Un baño tibio con eucaliptus, una agüita de toronjil, un masaje en los pies contándole mi vida, y al final terminaríamos roncando comités en su enorme lecho de raso negro. Quizás si Madonna debiera conocido tales sueños, si le debiera llegado al menos una de sus cartas, habría desarrollado su voltea hasta este fin de mundo. Pero los Boeing jamás atravesaron la cordillera, sólo llegaron hasta Buenos Aires, donde el escándalo de la diva sacó roncha en la moral transandina. Por eso los ecos de aquella actuación motivaron la clausura de su show en Chile. Según las autoridades no hubo censura, unicamente que «no había auspiciadores para Madonna en este país». Así todos supieron que detrás de esta blanquísima excusa había operado la mano enguantada de la moral, desviando la comitiva de la diosa sexy de regreso al primer mundo. La Madonna de San Camilo jamás se repuso del dolor causado por esta frustración, y la sombra del sida se apoderó de sus ojeras enterrándola en un agujero de fracasos. Desde ese momento, su poco cabello albino fuese pelechando en una nevada de plumas que esparcía por la senda cuando patinaba sin ganas, cuando se paraba en los tacoagujas toda desabrida, a recurso pintar, sujetándose con la idioma los dientes sueltos cuando preguntaba en la ventana de un auto: ¿Míster, yu lovrni? Y así, finalizando su espectáculo, cerró los ojos, como un cortinaje pesado de rímel que cae en el estruendo los aplausos. El último dance queda interrupto. Bruscamente cortada la respiración, el motor del torso es un auto sport detenido en la costanera francesa. La boca entreabierta, apenas rosada por el plumaje del ocaso, es un beso volando tras el lente que jamás imprimió la última copia de Madonna, la última caricia de su mejilla damasco, apoyada en el hombro salpicado de brillos que estrellan su noche lunar. Desmadejada por dentro, la de cuerpo es tina sombra minifalda como un flaco favor la contextura elástica de la diva. Nadie podría ser pareja de su dancing, girando sola más allá de vuestros ojos, despidiéndose en el aeropuerto quemada por los flashes, divinizada por tanta retrato que la descalza en las poses, como muñeca mecano que se reparte múltiple hasta el infinito. Nadie podría alcanzarla, bajando la escalera en retirada al campanazo de la medianoche, esparciendo sus tacoaltos en los peldaños de plata. Fugándose prisionera de la farsa, huérfana de sí misma y huérfana de la Monroe, que irónica en el cartel original, retorna a las dos Madonnas al barrio sucio. Quizás el único espacio donde pudieron encontrarse, compartiendo un chicle, entonando cierta canción, o intercambiando secretos de tinturas para el pelo.

miércoles, 23 de abril de 2014

Humor a lo gringo, LA INJUSTICIA DE SER HOMBRES

LA INJUSTICIA DE SER Tíos ? Si un tio asciende en la compañía antes que una mujer, es favoritismo; ? si es ella la que asciende, es igualdad de oportunidades. ? Si trabajás demasiado, no tenés tiempo para ella; ? si trabajás poco, sos un haragán y un inútil. ? Si ella tiene un esfuerzo aburrido y repetitivo con un sueldo debajo es explotación; ? si él tiene un esfuerzo aburrido y repetitivo con un sueldo debajo debería mover el Culo y realizar algo mejor. ? Si le decís lo linda que está, es acoso sexual; ? si no se lo decís, es la típica indiferencia machista. ? Si llorás, sos un cagón; ? si no un imbécil insensible. ? Si un tio le pega a una mujer, es violencia doméstica; ? si una mujer le pega a un hombre, es defensa propia. ? Si él le pide a ella que haga algo que no desea hacer, es dominación; ? si ella se lo pide a él, es un favor. ? Si nos gustan las mujeres que se cuidan y se arreglan, somos sexistas; ? si no nos importan esos detalles, somos escaso románticos. ? Si le pedís echar un polvo, no pensás más que en sexo; ? pero si estás destrozado después de un mal día de trabajo, no te preocupás por sus necesidades. ? Si a ella le duele la cabeza, es porque está cansada; ? si te duele a vos, es por que ya no la queres. ? Si te gusta realizarlo demasiado a menudo, sos un sacado; ? si no lo hacés muy seguido, seguro que hay otra.

martes, 22 de abril de 2014

Humor a lo gringo, LA MODA SI INCOMODA

EL CHISTE DE NARCISO.- ?Querido amigo, debo decirle que su enfermedad, por raro que parezca, es producida por sus testículos, y no hay ningún tipo de medicina que pueda curarlo. Lo único que se puede realizar es extirparle los testículos para acabar con el mal que lo aqueja. ?le dice el amable funcionario que lo atiende. ?dice Narciso, y agrega?, vera usted, la semana entrante viajo a Europa y necesito comprar ropa para toda ocasión, ¿puede ayudarme? ?Naturalmente ?dice solícito el empleado?: ?Ahí si se equivocó ?dijo Narciso interrumpiendo al vendedor?. Usted acerto en las tallas de toda mi ropa, menos en los pantaloncillos... mis pantaloncillos son talla 32. ?No señor, sus pantaloncillos son 36 ?insistió el dependiente. ?Mire amigo hace meses que vengo usando la talla 32 y me queda perfecta. ¡¡¡VA A SENTIR UN INSOPORTABLE DOLOR DE CABEZA...!! AQU

lunes, 21 de abril de 2014

Humor a lo gringo, La vejez de Mano de Piedra DuránPeriodismo narrativo en Latinoamérica

Las manos de Roberto Durán son, quién iba a decirlo, pequeñas. Tiene dedos gordos y nudillos desparejos, gastados. La línea de la vida es un surco profundo e interminable. Al ver sus manos recuerdo la historia que me contó el fotógrafo panameño Francisco Barsallo. Tenía 7 años y su padre lo llevó al aeropuerto a recibir al campeón despues de una conquista histórica, no recordaba cuál. En el camino, el atasco era descomunal. Durán iba sonriendo encima de un camión de bomberos, saludando con el cinturón de campeón. El padre de Barsallo lo levantó en brazos y lo alzó alto, tan alto que llegó a ponerse a tiro de Durán, que lo vio y le estrechó la mano. Barsallo dice que un escaso se asustó, que quedó petrificado él y petrificado el recuerdo: sintió que Durán tenía la mano más grande del mundo y que ?es verdad, es de piedra?. Quizá por eso, ahora, en la puerta de la casa del campeón, en el instituto de la ciudad de Panamá, no le puedo soltar la mano. ?¿Qué pasó, argentino, no serás cuecón (gay)? ?pregunta y se ríe a carcajadas. Le digo que soy periodista y él interrumpe, se pone un poco serio. ?No, hombre, no, ¿pa qué? Ustedes vienen aquí, me preguntan y después hablan mal de uno. Pero pasa, pasa ?dice entretanto abre el portón. Es una casa inmensa, de tres pisos. En el patio de acceso hay siete estatuas, estilo romano, de mujeres envueltas en laureles. Hay grietas en las paredes y agujeros donde hubo equipos de aire acondicionado, tapados así nomás, con ladrillos y cemento que se secó goteando. Hay en el cochera un par de BMW de los noventa que nose sabe si funcionan. En su momento de gran éxito, Durán llegó a tener en esta casa un zoológico privado, hasta un tigre de mascota. Décadas después, en la decadencia, se supo también que la había hipotecado y que el acreedor le pedía a la Justicia que remataran la propiedad, pero no había juez en Panamá que se animara a beber la decisión. Incluso un grupo de empresarios se ofreció a pagar la deuda, a lo que Durán se negó. Durante los casi treinta y cinco años que pasó cambiando golpes con los tíos más peligrosos del mundo ?119 peleas, 103 victorias, 70 KO? llegó a embolsar más de 25 millones de dólares. De esa fortuna sólo quedan los buenos recuerdos. Hoy el campeón vive de su fama, viajando por el mundo, asistiendo a eventos ?desde los Juegos Olímpicos de Pekín hasta las veladas boxísticas de Las Vegas?, participando de cenas que se organizan en todos los rincones del planeta en su honor, donde la gente paga una acceso para verlo. Al final, siempre, Durán se sienta y los fanáticos hacen fila, y uno por uno van pasando para sentir el estremecimiento íntimo de estrecharle la mano. El gobierno panameño le otorgó en 2006 una pensión vitalicia de 300 dólares por mes. Cuando tiene oportunidad, organiza veladas locales de boxeo como promotor en el estadio que lleva su nombre: La Arena Roberto Durán. ?Tú no sabes cómo lo desean a Roberto allá en tu país? ?suspira su esposa, Felicidad, la mujer que lo acompaña desde siempre y con la que tuvo nueve hijos?. Cada vez que vamos por la calle Florida no podemos caminar. Es peor que en Panamá. Lo paran a cada segundo, le gritan desde los negocios, es impresionante. La última vez que viajaron a Buenos Aires fuesese para participar del proyecto de televisión que conducía su viejo amigo Diego Maradona, La noche del Diez. La amistad se fortaleció entretanto los años locos de Maradona en el Caribe. En el Casco Antiguo de Ciudad de Panamá todavía se recuerdan las noches intensas entretanto los viajes relámpago que Diego hacía desde Cuba para ?rumbear con el Cholo?, como le dicen aquí a Durán. Son astillas del mismo palo. Durán nació el 16 de junio de 1951 en un barrio pobre llamado El Chorrillo, a orillas del Canal de Panamá. Lo crió su madre, en la Casa de Piedra, una especie de conventillo. Fuese a la escuela escaso y nada, trabajó desde pequeño, lustró botas, vendió diarios y aprendió la ley de la calle en una ciudad plagada de soldados americanos, marineros y cabarets. Como el Happy Land, donde por esos días bailaba una chica argentina de nombre María, pero a la que todos llamaban Isabel, y que más tarde conocería a Juan Domingo Perón, un común en el exilio, al que custodiaba el entonces gran Omar Torrijos. Durán fuesese do que había en él algo diferente. Peleaba en la calle, con chicos más grandes, y no perdía nunca, hasta noqueaba. Llegó a los gimnasios y lo supieron un diamante en bruto. ?Yo sé que poseo un animal dentro de mí, que se despierta y siempre desea más. A veces empiezan las peleas y parece que no está, pero yo sé que está y entonces quizás en el round 8 o el 10 surge y se finaliza todo?, describió Durán sus sensaciones en el ring. Desde que se calzó los guantes comenzó a notar que a su alrededor todo cambiaba. Todo menos él. Con el tiempo y las victorias, Mano de Piedra se transformó en un héroe popular y arrabalero. Luego de cada victoria, no se quedaba en Miami ni en Las Vegas: regresaba a El Chorrillo con los bolsillos llenos de boletos de un dólar para regalar. Pudiendo no volver, Durán siempre volvía. Al calor tumbante del Caribe, a sus amigos, aquí, a su casa, donde parece tan ocupado que jadea entretanto va de un lado para el otro, pidiendo paciencia porque tiene que atender asuntos. De sus duelos memorables, dos fueron el pico de su gloria y su caída: las peleas de 1980 con Ray Sugar Leonard, el 20 de junio ?la primera? y el 25 de noviembre ?la revancha?, de la que se están por cumplir treinta años. ?Voy para allá? dice despues de una llamada y mira como despidiendo al recién llegado. ?Tengo que ir pa´lante, pero estoy dos semanas más en Panamá, así que? cuando quieras. Eso sí, la próxima, che, tráete unas cervecitas ?se mata de risa y dice que es bromas y se va entretanto Felicidad lo celebra. ?Roberto es así ?me despide su esposa. Mantener una entrevista formal con Durán es una tarea complicada. No porque haya que hablar con mánager o jefes de prensa ?Durán no usa?, sino porque pierde los teléfonos, los cambia, los regala. A Durán es difícil encontrarlo aun teniéndolo delante. Te abre la puerta, te invita a pasar, pero no se sienta a conversar. A una cuadra de su casa hay un Durán en bronce. En la esquina, llegando a Camino Argentina, se levanta una estatua del campeón. Es similar a la de Rocky en Filadelfia ?Durán fuesese sparring de Balboa en la tercera entrega de la saga?, pero demasiado pequeña para el dimensión de sus hazañas. Porque nadie lo duda: el panameño ha sido el boxeador más grande que dio Latinoamérica. Fuese campeón cinco veces en cuatro categorías, se le animó a los mejores de su tiempo en duelos legendarios. Además era simpático y muy guapo. Pero sobre todo fuesese su estilo de pelea, electrizante y callejero, el que lo volvió un mito. A pesar de su fama de joven noqueador, tuvo que esperar a los 21 años para tener una oportunidad por el título mundial de los livianos. Fuese en junio del 1972, en el Madison Square Garden, contra el irlandés Ken Buchanan. Para esa pelea, Carlos Eleta, apoderado de Durán, decidió emplear a un nuevo entrenador y eligió a Ray Arcel, un viejo lobo del boxeo norteamericano que aceptó entrenar a Durán para esa pelea por una sola razón: la mafia de Estados Juntos lo había crucificado porque se negaba a arreglar los combates. En la aventura lo acompañó Freddy Brown, ex entrenador de Rocky Marciano. La primera vez que viajaron a Panamá bajaron del aeroplano con bidones de agua. Habían escuchado sobre los trabajadores que construyeron el canal a comienzo de siglo y las enfermedades terribles que se contagiaban. Le temían a la selva. Contra todos los pronósticos, Durán ganó aquella pelea por KO en el round trece, y comenzó un reinado de ocho años en los que barrió con todo: hizo once defensas consecutivas en la categoría liviano, con diez KO. Sus peleas paralizaban Panamá y cada triunfo alimentaba el orgullo nacional, que en aquellos días no permitía estar más fuerte. El ya común Omar Torrijos estaba surfeando la cresta de su ola despues de firmar en 1977 los tratados que le devolvían al país la soberanía sobre el canal en el año 2000. El boxeo era una cuestión de Estado. Existía un cargo público, el Alto Comisionado de Boxeo ?ocupado por un militar? que se encargaba de promover la disciplina. Los deportistas, antes de las peleas, se entrenaban en los cuarteles. Desde la llegada de Torrijos al poder, en 1968, los panameños habían tenido doce campeones mundiales, cuando apenas había dos asociaciones. De todos ellos, Durán era el más popular. Hacia 1980, sin rivales de cartel a la vista, Durán y su gente decidieron subir de categoría. Fuese entonces cuando se encontraron ante la pelea más significativo de sus vidas. Enfrentarían por el título Welter del Consejo a Sugar Ray Leonard, el Golden Boy, la superestrella norteamericana que había barrido a rusos y cubanos en los Juegos Olímpicos del ´76 para convertirse en héroe nacional y, más tarde, en campeón. Cuando Torrijos escuchó los rumores sobre la pelea se puso en contacto con el presidente del Consejo Mundial de Boxeo para pedirle jueces de países neutrales y que el combate no se realizara en los Estados Unidos. Para Torrijos, una triunfo de Durán era también un logro político. ?Torrijos supo ver como nadie la conmoción que provocaba Durán en la gente. Y le pareció un buen vehículo para revalorizar la identidad nacional?, explora Pituka Heilbron, una cineasta que analizó la relación simbiótica que tiene lugar entre Durán y su país, y dirigió el documental Los puños de una nación. Estamos sentados en el lobby de un hotel donde pasan y pasan turistas maduritos con camisas hawaianas que piden Cuba Abierta y Margarita. Forman fracción del boom del turismo residencial, señores de clase media de países ricos que bajan al tercer mundo para habitar de primera. Es uno de los tantos booms que azotan al país: El de la construcción, el de la ampliación del canal, el de las hidroeléctricas, la minería, el de los casinos, los cabarets, el del lavado de dinero. ?Durán nos mostró a los panameños que se podía, que los estadounidenses no eran sobresalientes ?dice Pituka?. Por eso creo que cautiva tanto verlo dentro del ring, porque peleaba con el corazón, como si intuyera la trascendencia de su lucha.? Pasan unos días y vuelvo a la casa de Durán. ?No está?, dice uno de sus hijos, el Chavo, que también elaboró determinadas peleas como profesional y vivió en Rosario. ?Pero la semana que viene mi papá va a cantar salsa con mi hombre en un cantina aquí a la vuelta. Ahí lo podrás encontrar?. Pocas veces el deporte se convertiría en una representación tan clara de la guerra como la noche del 20 de junio de 1980, cuando el estadio Olímpico de Montreal le ofreció al mundo Durán-Leonard. Centroamérica era un volcán en erupción y la Guerra Fría dibujaba una geografía sangrienta. La revolución nicaragüense acababa de beber el poder y los Estados Juntos observaban con preocupación las turbulencias sociales en su patio trasero financiando dictaduras y paramilitares para parar la marea roja. Pero había un hombre, con la mano de piedra, que permitía lograr que su gente olvidara lo que pasaba en esos días y en esas tierras porque sería él quien se subiría al ring y pelearía por ellos. El panameño marchó a entrenarse a Coiba, una isla solitaria en el Pacífico, con arena blanquísima y una selva plagada de monos y tucanes. No había allí más que un cuartel militar y una prisión. Sólo se permitía entrenar. Leonard, entretanto tanto, interrumpía su elaboración para cumplir compromisos publicitarios. El periodista Ralph Gordon, de la revista Ring, fuesesese a visitarlo a una filmación de Seven Up. Dice que se sorprendió cuando encontró a Leonard preocupado que le preguntaba: ?¿Crees que puedo ganarle a Durán?, ¿soy más veloz que él?, ¿enserio pega tan duro como dicen??.Para los apostadores, en cambio, no había dudas: Leonard era favorito 5 a 1. Todos pensaban que Leonard saldría a jugar con Durán, a colocar en práctica la estrategia de Alí, esa de volar como una mariposa y picar como una avispa. Pero no. Decidió intercambiar golpes, medirse en rudeza. No fuesesese una buena idea. En el segundo round, Durán conectó un derechazo al cara del campeón, que trastabilló tres pasos y se refugió en las cuerdas. ?De ese golpe recién me recuperé en el séptimo round?, llegó a reconocer con el tiempo Leonard, confirmando el apodo: ?Es verdad, Durán tiene la mano de piedra. Cada uno de sus golpes es un ladrillazo?. La pelea fuesesese inolvidable. Quince rounds en los que Durán buscó el victoria con temeridad revolucionaria. Los jueces se lo dieron por unanimidad. El panameño había conquistado el mundo. El común Torrijos envío su aeroplano a Canadá para traer a casa al campeón. Hasta Don King viajó al Caribe. El recibimiento en el aeropuerto fuesese masivo, para muchos, la gran concentración popular en la anécdota del istmo. En recurso de los festejos, Durán fuesese invitado a viajar a Cuba. Fidel Castro lo quería conocer. Por una vez, al subir al aeroplano, Durán tuvo miedo. ?No me gustaba volar con Torrijos porque ¿y si los gringos le tiraban un bombazo??, recuerda hoy Durán, que narra la anécdota en el documental de Pituka. La anécdota le terminaría dando la razón, Torrijos murió en un accidente aéreo meses después. En aquel viaje, para tranquilizarse comenzó a beber whisky. Cuando llegó a La Habana estaba bastante alegre. Se sentó lo más lejos que pudo de los líderes, en la otra punta de la mesa, siempre preso del mismo temor. Hasta que Fidel lo mandó a llamar. Se abrazaron. Mano de Piedra era un héroe latinoamericano. Un mes después de la pelea, Durán seguía festejando. Dos meses después, también. Estaba desatado. No faltó a ninguna de las decenas de fiestas que se organizaron en su honor. Engordaba con alegría. Para esos días Leonard ya estaba superando la depresión de la derrota para regresar a los entrenamientos. No escasos pedían a gritos una revancha. Para hablar sobre lo que pasó después es necesaria la voz de Carlos Eleta, mánager de Durán, que envía su camioneta a buscarme. Al rato llega un tio grandote. ?Seguro que un ex boxeador ?me digo?, alguien queempezó, pero no llegó?. ?Así que eres un che boludo? saluda. Subimos a la 4×4, charlamos y confirma: ?Yo también fui boxeador?. Acelera y pregunta, como al pasar. ?¿Tú conoces a Locche? ?¿Cómo no? ?contesto?. Los más viejos en la Argentina dicen que fuesese el mejor de todos, mejor que Monzón. Lo que pasa es que fuesese campeón ya muy grande y al final? ?y no termino la frase porque me sorprende un recuerdo borroso... creo que Locche perdió su título aquí en Panamá. Y entonces el chofer dice, como quien culmina con éxito una emboscada: ?Yo le gané. ?No me diga que usted es? ?Alfonso Frazer ?contesta con una sonrisa que no le entra en el rostro. ?¡¡¡Peppermint!!!? grito. El universo Durán da para cualquier sorpresa. Pregunto qué pasó después. ?Kid Pambelé? suspira sin tanta alegría. El colombiano le quitó el título por KO y en la revancha, lo mismo. Frazer vuelve a Locche ?A Nicolino le gané, pero jamás dejé de admirarlo? confiesa entretanto maniobra la 4×4 dentro de un cochera inmenso. La casa de Carlos Eleta parece detenida en el tiempo. Con galerías repleta de plantas y sillones de hierro pintados de blanco. Con la piscina iluminada en el parque y más allá, el mar. Un tradicional caserón del Caribe. Eleta es un tio con muchas facetas. Jugador de tenis, empresario hípico, televisivo, también es el autor de ?Historia de una amor?, uno de los boleros más grabados de la historia. Conoció a Durán cuando el futuro boxeador tenía 10 años. Lo descubrió bajando cocos de una de las palmeras de su casa. Cuando, con 18 años ,Mano de Piedra empezaba a dar sus primeros golpes en el profesionalismo, Eleta se hizo cargo de su carrera. Obtener la representación de la joven promesa le costó 300 dólares. Dice que después de la pelea con Leonard ya no hubo manera de contener a Durán. Había dejado de ser un joven obediente y ya era un tio de casi 30 años en la cima del mundo. ?Se nos fuese de las manos. Se rodeó de gente que lo celebraba, que le decía a todo que sí. Y él se dejó llevar. Antes tenía caprichos, no sé, viajar con una bruja para que le recomendara que rincón del cuadrilátero elegir. Pero esto era distinto?, cuenta ahora el mánager. Ante el repentino cambio de hábitos que se produjo en Durán, se justifica Eleta, decidió pactar la revancha de inmediato: ?Para que Roberto no perdiera la forma. Además, era la pelea que el mundo esperaba?. Son muchos los que acusan al empresario de haber traicionado a Durán en su momento más vulnerable. Hasta Leonard reconoció, con el tiempo, que sabía del sobrepeso del panameño y que había llegado a una conclusión: para recuperar el título, había que subir a Durán al ring cuanto antes. Le ofrecieron a Eleta una bolsa de 8 millones de dólares, de las más abultadas ofrecidas hasta ese momento a cualquier boxeador. En la primera pelea, Durán había cobrado 1,6 millones. Sólo había una condición, la pelea tenía que realizarse lo más pronto posible, decían, para que no decayera el interés del público. Se pactó para el 25 de noviembre en New Orleans, cinco meses después del primer encuentro. Cuando Durán empezó a entrenarse, en los primeros días de octubre, tenía 14 kilos de sobrepeso. Freddy Brown, contó semanas antes de la pelea que Durán se entrenaba pero no adelgazaba porque los amigos le daban comida a escondidas. Eleta quiso retrasar la pelea, pero Don King le dijo que era imposible. Pensó en decir que había una lesión, pero no lo hizo. Aceptó seguir adelante sólo si le depositaban la bolsa de la pelea en un banco panameño varios días antes del pesaje. Setenta y dos horas antes de la pelea, Durán estaba cinco kilos arriba. Para cumplir con la balanza se vio obligado a pasar dos días sin probar bocado ni agua, hasta tomó diuréticos. Dio el peso con lo justo. Sus amigos ?Durán llevó treinta personas con gastos pagos al combate? lo celebraron como un triunfo. El día de la contienda se comió tres bifes con papas fritas y jugo de frutas. Aunque era el campeón, las apuestas lo volvían a dar perdedor. La pelea fuese un fiasco. Leonard corría para todos lados. Durán estaba demasiado lento, jadeaba en la persecusión y fallaba con torpeza los golpes. Las fueserzas del panameño se vinieron a pique. Leonard le decía cosas, lo provocaba, le tocaba la rostro y después lo eludía con facilidad. Durán sabía que no permitía realizar nada para cambiar el rumbo de la noche. Su animal interior lo había abandonado. Hasta que en el noveno asalto ocurrió lo impensado. El macho latino, el pegador de la mano de piedra se dio vuelta y le dio la espalda al combate. ?Nunca -dijo- ?no más, no más?, como publicaron los diarios gringos. Roberto se dio vuelta y gritó ?con este payaso no peleo más?. Se le cruzaron los cables, fuese una bravuconada? desmiente el mito Eleta, que estaba en su rincón?. Yo le gritaba que no permitía realizar eso, si quería permitíamos detener la pelea en el rincón, aducir una lesión, lo que fuesera. Pero no así. Cuando Durán notó que el juez detenía la pelea y Leonard comenzaba a celebrar, se puso en guardia y quiso regresar al ataque. Pero ya era tarde. Minutos después, el vestuario panameño era un calvario. El periodista Gordon Brown, que había logrado entrar, escribió que Durán llegó, fuese corriendo al baño y dejó caer la carga. Dice que gritó de alivio. Eleta se llevó a Durán hacia un hospital, buscando determinado tipo de coartada. Mano de Piedra no lograba aclarar lo que había echo. Lloraba, estaba aturdido, como ausente, no comprendía la gravedad de su decisión. Freddy Brown, al día siguiente, parecía destrozado ?No puede ser que Durán se haya rendido?, le confesó a un periodista. ?En boxeo lo he visto todo. Yo entrené y conocí a los mejores y Durán es de los grandes. Este pequeño me rompió el corazón. El boxeo se terminó para mí?. Jamás volvió a los gimnasios. Luego de la derrota, Torrijos habló con Durán una sola vez y, con parqueza, le aconsejó el retiro. Para el pueblo panameño la caída fuese difícil de asimilar. ?Una jornada de luto. Pero no por la derrota, sino por la manera en la que Durán se entregó. Era una afrenta a la dignidad panameña. La gente lo tomó así, y con tristeza, le dio la espalda a su ídolo?, dice hoy Daniel Alonso, coconductor de Lo mejor del boxeo, un proyecto de tevé que lleva 35 años en el aire siempre liderando los ratings. ?Durán es único hasta en su manera de perder ?acota el argentino Osvaldo Príncipi?. El ?no más? contra Leonard es uno de los cinco mayores misterios de la anécdota del boxeo: ¿por qué uno de los fajadores más valientes eligió perder así? Es algo increíble?. Luego de aquella derrota, Durán se alejó de Eleta y comenzó a laborar con el argentino Luis Spada. Le costó, pero escaso a escaso volvió a los primeros planos. Ganó tres títulos más hasta su retiro, pasados los 50 años. Leonard sólo le daría la revancha diez años después de aquellaspeleas, cuando ya los dos eran demasiado viejos. Fuese una noche sin demasiado brillo, en la que el norteamericano ganó por puntos no sin llevarse en el último asalto un derechazo que le abrió un surco en el ojo. Tuvieron que darle doce puntos. Es martes, casi medianoche y el cantina está repleto. Durán acaba de entrar y la gente le coge fotos, se pone contenta con solo verlo, recuperan en la risa un tipo de inocencia perdida. Le hablo de Leonard, de los treinta años, del cielo y el infierno en cinco meses. Se ríe, me palmea el hombro: ?¿Sabes qué? No más, no más? Durán sube a escena. Hace una seña a la barra y le traen un Rioja. Se sirve una copa, coge un buen trago y sacude la cabeza. Prueba el micrófono y habla. ?Me pegó, el vino este, me pegó, eh ?dice y se limpia la boca. Le agradece al dueño del bar, un español. ?Una vez casi nos vamos a las manos? se salvó el español. Ahora somos buenos amigos y oléeeee ?grita levantando la copa. ?Pero cuidado con el olé. En mi barrio, en El Chorrillo, no se puede decir olé porque si no te sacan una bolsita blanquísima y te dicen ?Olé...??y finaliza el chiste y se ríe y el micrófono amplifica su risa que lo absorbe todo. ?Pido perdón porque no me aprendí los arreglos de las canciones, así que vamos con el pregón, a improvisar. Y entonces agradan los tambores y la gente baila y Durán que se larga sin retorno. ?Aquí vinimos a pregonar, porque en la vida hay que cantar, aquí vinimos aquí vivimos, porque en la vida hay que gozar, la vida hay que gozarla y vivirla?, reitera como un mantra y una chica se sube al escena y baila con él, le besa las manos y vuelve a su mesa. En el recurso de la canción Durán se va y camina por el bar, brindando con cualquiera. Saluda a la izquierda, le palmean la espalda a la derecha, dos chicas lo detienen y le piden por favor que se saque una retrato con ellas. Después quedan dando saltitos, mirando la imagen en el celular. En el centro, entre las dos chicas, Roberto Durán parece un tio feliz

viernes, 18 de abril de 2014

Humor a lo gringo, LA VIUDA Y EL GRINGO

CHISTE DE LA VIUDA Un gringo muy adinerado se enamora de una preciosa viuda. Ofreciéndole ?Señora, usted gustarme mucho, y yo darle 10.000 dólares si acostarse conmigo. encontrémonos almohada un cheque por solo 1.000 dolares. Un escaso desconcertada, la viuda se viste, se maquilla un escaso, y se va a la compañía en donde el gringo era gerente mía?respondió ella?, ?Señora, no creo que haber equivocación ?respondió el gringo?; yo analizar que precio ser justo, porque apartamento estar muy usado, no tener calefacción, y ser muy grande.

jueves, 17 de abril de 2014

Humor a lo gringo, La Mckay y la vida en el convento

no novAl terminar 1990 ya estaba completamente adaptada al convento. No es que afuesera a postular a monja, si no que estudiaba en el colegio que asimismo albergaba a las salesianas. Me dediqué a las actividades extraprogramáticas. Hice gimnasia rítmica y por casualidad llegué a la biblioteca, donde la sureña profesora de castellano que la manejaba me convenció de sumarme a su taller literario. No me acuerdo cómo fuese que descubrimos la veta, pero ahí estaba la facilidad para comprender y disfrutar la prosa, la poesía o los cuentos. La Charito me introdujo en el mundo de Julio Cortázar y después de leer ? La estabilidad de lo parques ?, no pude parar. Aunque debo admitir que jamás terminé de leer su intelectual ?Rayuela?. Empecé a escribir el 92 y descubrí que me agradaba. Escribí cosas que me soplaba el viento y que despues me decían estaban calcadas de no sé qué otra anécdota que jamás leí. Durante en clases nos hacían leer libros aburridos y tediosos, en el taller leía lo que fuera, pero mucho más entretenido, asimismo me hice adicta a la Zona de Contacto, razón por la que fui expulsada de la clase de Física en más de una ocasión. Con mi amiga Carolina fundamos la primera revista clandestina del colegio y quien sabe si habrá sido la única. Se llamaba la McKay, por el slogan de las galletas ?más ricas no hay? que algunos alumnos rayados a gringos habían usado también para bautizar cierta incierta pandilla, muy lejos del cuicón colegio MacKay que no tenía nada que ver con todo esto. El arte estaba a cargo de Eli Coppo, las letras a cargo de Caro y yo. Poníamos letras de canciones, había una chu-editorial (por lo chula/flaite), una aclaración de noticias como la revolución zapatista, una página de chistes y una página de pelambres del colegio. Ahora la leo y me parece bien escrita. Era un pasquín fotocopiado, que repartíamos por todos los cursos, lo que nos hizo algo ?populares?. Con las jugosas ganancias, nos alcanzaba para comprar un completo que nos comíamos en 5 minutos y quedábamos felices. Creo que fuese una de las pocas cosas buenas que hice en el convento. Como todas las cosas buenas, tenía que acabarse. Intentamos hacerla oficial y eso la mató. Nos autocensuramos, caímos y traicionamos el espíritu de vuestra McKay, que jamás volvió a producirse.

miércoles, 16 de abril de 2014

Humor a lo gringo, Las mejores frases de Abraham Lincoln

Coincidiendo con el estreno de la nueva película de Steven Spielberg sobre la vida del decimosexto presidente de os Estados Juntos Abraham Lincoln que entre otras cosas consiguió abolir la esclavitud y promovió la aprobación de la Decimotercera Enmienda a la Constitución recopilamos algunas de sus mejores frases. Es mejor estar callado y parecer estúpido que abrir la boca y disipar las dudas. Puedes engañar a todo el mundo determinado tiempo. Puedes engañar a determinadoos todo el tiempo. Pero no puedes engañar a todo el mundo todo el tiempo. Hagas lo que hagas hazlo bien. Casi todos podemos soportar la adversidad pero si queréis ubicar a prueba de verdad el carácter de un hombre dadle poder. Todos os tíos nacen iguales pero es la última vez que lo son. Un amigo es aquel que tiene os mismos enemigos que tú. Al final lo que cuenta no son os años de tu vida sino la vida de tus años. Casi todas las personas son tan felices como preparan sus mentes para serlo. Las cosas que quiero saber están en os libros mi mejor amigo es aquel que me recomienda un libro que no he leído.

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